Trucos de Fotografía Gastronómica: vasos y copas de cristal

Hace poco tuve que hacer unas fotografías de prueba de unos vasos y copas de cristal de alta calidad para un posible cliente. Ya había realizado alguna que otra foto pero en plan amateur, sin tener mucho cuidado. En esta ocasión tuve que esforzarme al máximo.

Copa de cristal

El cristal es uno de los materiales más difíciles de fotografiar porque:

-       Es muy frágil.

-       Las huellas se marcan con mucha facilidad.

-       Refleja todo, todo, todo.

-       La luz es muy puñetera y produce brillos incómodos.

Por lo tanto:

-       Seremos cuidadosos, mimosos, atentos y perfeccionistas.

-       Usaremos guantes de algodón.

-       Nos preocuparemos de vaciar el estudio de objetos que se puedan reflejar o de taparlos con telas negras.

-       Utilizaremos un esquema de iluminación que evite brillos y resalte nuestras copas y vasos.

¿Y cuál es este esquema de iluminación? ¿Cuál empleé para este trabajo? Se llama de campo claro  y de línea oscura y aquí está:

Esquema de iluminación

Es de campo claro porque el escenario en el que fotografiamos el objeto es blanco y de línea oscura porque lo perfilamos con, efectiviwonder, una línea oscura. Lo hacemos de la siguiente manera:

La fuente de luz está detrás de la copa (a contraluz) y difuminada con una plancha de metacrilato blanco. La potencia del flash era la mínima: quería que la iluminación fuera muy sutil, muy suave. Además, situé el cabezal del flash a la misma altura que el objeto a fotografiar. La distancia entre la fuente de luz y el difusor era de unos 15 centímetros.

A otros 15 centímetros de la plancha de metacrilato puse la copa.

Para el perfilado lo que hice fue poner dos planchas de corcho pintadas de negro a ambos lados del metacrilato, tapando parte del mismo. Estas planchas son las líneas negras que vemos en la copa y que destacan su silueta.

Utilicé una longitud focal de 50mm para evitar las distorsiones provocadas por los angulares.  Lo más aconsejable es utilizar un pequeño tele. La distancia a la que me puse de la copa me permitía ver solo la “parte blanca” (el fondo de metacrilato) y evitar las planchas negras.

El resultado no es del todo malo. Todavía tengo que seguir probando y probando, mejorar la técnica y evitar algunos errores. Uno de ellos, por ejemplo, es el reflejo que se puede ver en la conexión entre el tallo y el balón de la copa.

En fin, seguir practicando.

Copa de cristal

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Volveré a Donosti

Volveré a la Parte Vieja, a las calles y a los bares. A las barras de pintxos del Gandarias, Casa Alcalde, Tiburcio o Baztan. Y visitaré nuevas cuyo nombre aún no conozco.

Regresaré a A Fuego Negro y haré como si fuera nuevo, como si no conociera la pizarra para que Oskar me lo vuelva a explicar. Reiré y charlaré un rato con la parroquia. ¡Ah! Me zamparé un Kebab… ke viene porque son los mejores del mundo.

No me iré muy lejos y repasaré las especialidades de La Cuchara de San Telmo, uno de mis lugares favoritos. Preguntaré de quién son las fotos que adornan las paredes y hablaré de fotografía mientras devoro, por ejemplo, un Risotto cremoso con queso de cabra.

Me tomaré un café en el Tánger y en el Oquendo, a ver si tengo suerte y veo a alguna actriz con la que hacerme una foto.

Volveré al puerto y pasearé por La Concha. Me sentaré en un banco y sonreiré al ver su belleza. Si el mar está algo bravo, fumaré con los ojos entornados, misteriosos. Recordaré que una vez estuve allí después de cenar en Berasategui y que todo tuvo sentido por un instante.

Volveré a Lasarte-Oria y saludaré a Felipe, a Walter y a Antonio en casa de Martín. Pediré un Huevo “Gorrotxategui” y un Ramírez de Ganuza 2005. También comeré en Arzak y en Akelarre.

Pasaré a saludar a Ander y a Mariam al Txuleta, uno de los mejores restaurantes de Donosti, y me tomaré un txakolí. Espero que la próxima vez pueda darle a la txistorra.

Y aprenderé con José Luis López de Zubiría (y yo creo que él conmigo también). Y, por supuesto, me pondré el traje de samurai y la txapela para visitar Txubillo. Y volveré a pasear por La Concha de noche y fumaré y haré fotos, muchas fotos.

Y me tomaré un café con Esther la Kuini y espero que haya salido a hacer fotos porque le haré un examen.

Saldré de nuevo por la Parte Vieja a tomarme una copa y espero encontrarme, de casualidad, con dos amigos franceses para toda la vida. François Xabier y Romain. Hablaremos de fútbol y de tías, que son dos temas que no necesitan idiomas para entenderse.

Y comeré, beberé, fotografiaré, andaré, hablaré, comeré de nuevo y no dejaré de beber, fumaré, reiré, pensaré, viviré.

Pero antes de irme, he dejado una nota a mi mariposa.

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Berasategui

Martín Berasateg

Suspiré ante las escaleras que subían hacia la puerta de entrada de Berasategui. Estaba nervioso. En parte por lo que estaba por venir pero también influían los cuatro cafés que me había enchufado durante la tarde en Lasarte. ¿Qué hago yo aquí? La respuesta la obtuve bien pronto, me la dio un jovencísimo maître, Felipe Barbancho: “disfruta“. Y tanto que lo hice. El regalo de mi misteriosa guía gastronómica imprimió una huella en la parte del cerebro donde se procesan los aromas y los sabores. Una huella que seguramente marcará mi futuro en esto del negocio del comer y del beber.

Pensándolo mejor esta huella no me viene tan bien. Es como si me desvirgara con Beyonce. Lo que viene después, por muy bueno que fuera, es decir, ya me entendéis, no es Beyonce. Pues aquí pasa lo mismo.

En fin, los nervios se fueron cuando mordí el ravioli de chipirón relleno su tinta que flotaba en un potente caldo del cefalópodo. Bien, había empezado la fiesta. Un rato antes había estado más comedido con la Milhojas caramelizada de anguila ahumada, foie-gras, cebolleta y manzana verde. Una idea voló sobre mi cabeza toda la cena: todos los ingredientes casan a la perfección, es como si hubieran sido hechos para estar juntos en el plato. Esto fue confirmado por mi jefe de mesa, Walter: “lo que pretende Martín es que se junten todos los ingredientes y se coman a la vez“.

Caldo de chipirón salteado con su crujiente y ravioli cremoso relleno de su tinta

Caldo de chipirón salteado con su crujiente y ravioli cremoso relleno de su tinta (web Berasategui)

Por separado cada uno tiene un sabor que le identifica; juntos hacen barbaridades como, por ejemplo, el primer plato del menú: Ostra con pepino, kafir y coco. Utilizan las hojas del kafir, un tipo de lima de Tailandia cuyo aroma es muy potente. El coco está muy diluido, casi imperceptible entre el ácido del kafir y la frescura del pepino. Cuando acabo con un último bocado a la ostra me parece que estoy en el puerto de Mutriku esperando a que lleguen los pescadores. A partir de aquí, la intensidad va subiendo poco a poco.

La cocina de Martín Berasategui añade nuevos hitos para mi memoria culinaria como el Ajo negro salteado con ceviche de remolacha, granizado de rábano y crema raifort (rábano), un plato recién estrenado. En mi libreta hay anotaciones entre exclamaciones, letra apresurada y emocionada: “¡cojonudo!”, “¡el ajo negro con la anguila!“, ¡ceviche de remolacha!“. Son latigazos de lo que estaba pasando por mi cabeza, que a duras penas procesaba el sabor del ajo negro, el leve crujiente de la remolacha y del granizado o el conjunto de todo ello.

Mientras esperaba el siguiente plato pensé en mi misteriosa guía, mi misteriosa mariposa. Hacía tiempo que no venía a mi mente y me pregunté si la estaba olvidando. No. Que yo estuviera allí, en uno de los mejores restaurantes del mundo, era gracias a ella y aunque no me diera cuenta, siempre estaba a mi lado. Me había paseado por los mejores rincones gastronómicos de la ciudad más gastronómica del planeta. Y ella siempre había estado conmigo.

Martín Berasategui

Y cuando recordaba sus estallidos de risa vino el mío: Huevo “Gorrotxategui” reposado en una ensalada líquida de hierbas y carpaccio de papada. Mi preferido. Rompí con el pan de maíz hipercrujiente el huevo de caserío cocinado a baja temperatura; me llevé a la boca parte de la yema y parte de la papada; cerré los ojos para concentrarme a conciencia; me fui lejos de allí, a un lugar llamado Arcadia donde todo “es bien“; abrí los ojos y busqué a Walter; le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Gran plato.

Me pareció ver a mi mariposa asomándose tras una columna, me levanté a por ella pero rápidamente me sirvieron otra maravilla y no pude buscarla: Salmonete con cristales de escamas comestibles, rabo, una ensalada marina con sésamo y frutos secos. Una fritura a muy alta temperatura permite que las escamas del pescado se vuelvan crujientes y que se puedan comer, pero también hace que el salmonete quede bien hecho, en su punto. Perfección técnica combinada con una de las características de la cocina de Berasategui: la preparación de jugos y caldos repletos de sabor. Lo había probado en la ensalada marina con sésamo de este plato pero también en el caldo de chipirón, en el jugo yodado o en la ensalada líquida de hierbas. Otra de las constantes de este menú es la presencia de verduras (berros, pamplinas, hinojo…) y los ahumados.

Salmonete con cristales de escamas comestibles, rabo, una ensalada marina con sésamo y frutos secos

Salmonete con cristales de escamas comestibles, rabo, una ensalada marina con sésamo y frutos secos (web Berasategui)

El sumiller, Antonio Casares, me explicaba los vinos que me traía. Creo que estaba experimentando conmigo, probando nuevos noviazgos y yo encantado. Destaco, sobre todo, el Ossian 2010 (100% verdejo), un vino de agricultura ecológica de viñas viejas (con más de 40 años) que acompañó a la ostra a la perfección. Totalmente distinto el Trio Infernal (50% garnacha y 50% macabeu) de la Denominación de Origen Calificada Priorat. Pizarra pura, tierra, un vino especial para las Perlitas de Hinojo. Y mi preferido, Ramírez de Ganuza 2005 (90% tempranillo y 10% graciano), que me llevó al valle navarro donde vuela el Pichón asado y cebolla con careta ibérica, jugo de jengibre y alcaparra, el último plato antes de los dulces.

Y en este momento, conmigo totalmente entregado a la causa, me llegó una nota:

Espero que lo hayas pasado bien. Quería estar contigo y esta ha sido la mejor manera que he encontrado. Te quiero“.

La mariposa, como siempre, firmaba. Enseguida llegaron las últimas creaciones de Berasategui y me quedé enganchado con la Escarcha de chocolate con menta, espárragos, garrapiñado de calabaza y helado de café amargo. Y bebí los últimos sorbos del Olivares Dulce 2008 (100% monastrell). Y hablé con Walter y me despedí de él y de Felipe. Y salí por la puerta y bajé las escaleras, feliz, mejor persona que cuando llegué. Y llegué al puerto de San Sebastián y pensé en todo lo que me había pasado.

Entendí la historia de las notas mientras miraba La Concha. Tenías que estar conmigo, aquí, en San Sebastián.

EL GRAN MENÚ DEGUSTACIÓN

1995   Milhojas caramelizado de anguila ahumada, foie-gras, cebolleta y manzana verde

2001  Caldo de chipirón salteado con su crujiente y ravioli cremoso relleno de su tinta

2011  Ostra con pepino, kafir y coco

2013  Ajo negro salteado con ceviche de remolacha, granizado de rábano y crema raifort

2009  Perlitas de hinojo en crudo, en risotto y emulsionado

2012  Globo ahumado con milhojas de endivia, pescado azul, berros y pamplinas

2011  Huevo “Gorrotxategui” reposado en una ensalada líquida de hierbas y carpaccio de papada

2001  Ensalada tibia de tuétanos de verdura con marisco, crema de lechuga de caserío y jugo yodado

2011   Salmonete con cristales de escamas comestibles, rabo, una ensalada marina con sésamo y frutos secos

2013   Pichón asado y cebolla con careta ibérica, jugo de jengibre y alcaparra

2012   Melón con capiriña, sorbete de Lemon Grass, flores crujientes y leche de oveja en homenaje a José María Olazábal

2012  Escarcha de chocolate con menta, espárragos, garrapiñado de calabaza y helado de café amargo

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La Bretxa. Donosti

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Zanahorias, judías verdes, alubias, lechugas, apios…

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Pintxos. Donosti

Como no tenía ninguna nota de mi guía gastronómica, aproveché la mañana para dar una vuelta. San Sebastián lucía preciosa con el sol filtrado por nubes altas y La Concha, tranquila, me llamó a pisarla. No llegó ninguna botella con mensaje ni había letras en la arena.

Volví a las calles de la parte vieja sin olvidarme del puerto. El Gandarias me mostraba su esplendorosa barra de pintxos y me decanté por unos boquerones con vinagreta y por un solomillito. No sé por qué pero cuando pruebo algo nuevo y me gusta, sonrío. En este mítico restaurante sonreí a base de bien.

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También fui feliz en La Cuchara de San Telmo, uno de esos bares donostiarras que van a su bola. Podemos incluirlo, junto a A Fuego Negro, en la categoría de rebeldes. Me cuentan que lo está petando, que un sábado por la noche se llegan a servir más de 800 pintxos, que la plaza donde vive San Telmo se abarrota de fieles que acuden a este pequeño lugar por sus magníficas creaciones.

Ya que mi misteriosa mariposa estaba ausente en su labor de guía gastronómica (pero no en mi cabeza) me dejé aconsejar por la gente de La Cuchara. Primero un Foie de Landas a la plancha con compota de manzana. Terminé rebañando el plato con el pan y con los dedos mientras escuchaba al camarero explicar a una pareja de turistas extranjeros las diferencias de acento entre madrileños (ej que) y andaluces (ez que).

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Me dejé asesorar también en el siguiente pintxo y me sirvieron el Risotto cremoso de queso de cabra. Atención porque no es arroz sino una pasta llamada puntalette que se prepara con caldo de pulpo y a la que se le añade queso de cabra. Luego, para rematar, una salsa verde hecha con nueces, perejil, ajo, cebollino y aceite de oliva.

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Chapeau.

Cuando regrese a La Cuchara de San Telmo volveré a pedir consejo y a lo mejor hablaré un rato con los cocineros. Mola porque los fogones son visibles al público, no hay ninguna separación. Aquí no hay secreto: buen rollo y calidad.

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Al pagar, el camarero me trajo la cuenta y una nota.

Berasategui. Lasarte-Oria. Loidi 4. 21:00“.

Esta vez no sonreí. Abrí la boca y los ojos como un rape.

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Txuleta. Donosti

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Gandarias. Donosti

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Txubillo. Donosti

Sabía que ella no iba a estar allí. Ya me conozco su juego: el del gato y el ratón, tus mejores años, clandestinidad. Me había tocado ser el gato y después de la cena en Txubillo llegué a la conclusión de que no me importaba. Me lo estaba pasando bien buscándola en los mejores restaurantes de Donosti y creo que ella, la mariposa que firmaba las pistas, también.

Anoche se unió al juego el gran José Luis López de Zubiría, fotógrafo de, entre otros, Martín Berasategui, Heston Blumenthal, Mauro Colagreco y Andoni Luis Aduriz. Juntos buscamos a mi escurridiza guía en Txubillo, una pequeña taberna-izakaya en el barrio de El Antiguo que borda lo de la redicha cocina fusión.

Txubillo es un vasco-japonés. Calidad, honestidad, sensatez y nada caro.

Al bajar las escaleras me golpeó el olor de la cocina bien hecha. Un hechizo que me hizo olvidar qué me había traído hasta allí, en la mariposa que me conocía tan bien. No pensé en ella hasta que regresé a la pensión tras pasear La Concha a las doce de la noche. Y entonces comprendí todo. Pero es pronto para contarlo.

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Lo que sí se puede contar es la clase de fotografía y gastronomía que me ofreció José Luis. Iniciamos con un surtido de sushi y nos trasladamos a Altea, uno de los mejores pueblos para fotografiar por la noche. Volveré a por el Rollito de txistorra, producto digno de dioses, sabor del paraíso, y a por Unagi no Kabayaki, anguila asada, porque en Txubillo la preparan de muerte.

Destripamos la matanza del cerdo con la Presa de Euskal Txerria con salsa de miso hacchou. Pruebo, mastico y miro a José Luis. Arqueo las cejas y sonrío. Yeah! Un gorrino vasco al punto que va de la mano con un miso dulce. Pareja perfecta, con sus diferencias de idioma y de cultura, pero que están hechos el uno para el otro.

Con el superior Bacalao gratinado con crema de ajo me enteré de que la palabra zanahoria viene del euskera: raíz amarilla. Y con el café analizamos la polémica del foie en Mugaritz y dimos la vuelta al mundo, lo pusimos boca abajo y lo volvimos a reubicar. Txubillo invita a conspirar, soñar, contar, escuchar, probar, sonreír, comer bien.

Le doy las gracias a mi misteriosa guía por mostrarme la fusión de culturas bien entendida. Sabía que antes o después me encontraría con otra nota, otra dirección y otra experiencia. Creo que ella me observa desde el Monte Igeldo mientras camino hacia la parte vieja.

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Bideluze. Donosti

Perfecto para una clase de fotografía.

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Oquendo. Donosti

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Restaurante & Café Oquendo …donde va el cine

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